jueves, octubre 12, 2006

La creación coartada



En la disputa entre estructuralistas, supongamos a Eco, y fenomenólogos, supongamos a Merleau Ponty, está en pugna si existe o no la posibilidad de la creación dentro de una estructura. Eco diría que la creación existe porque se reacomodan los códigos para formar nuevos significados, los fenomenólogos le responderían que nada sería nuevo porque toda nueva creación que pueda darse dentro de esa estructura ya está contemplada por ella, y rematarían el argumento diciendo que la estructura no permite un afuera, absolutamente todo es absorbido por ella.

Tomemos como ejemplo el lenguaje y la idea de Borges de que en una enorme, infinita, biblioteca están todos los libros posibles. No queda espacio para la creación dentro del lenguaje, todo se reduce al arte de combinar elementos preexistentes. Pero al fin y al cabo, cuando se crea se parte de algo, nadie, excepto Dios, crea de la nada, toda creación es una combinación de elementos preexistentes para formar una nueva unidad de significado. Las palabras varían de significado si se les agrega una letra, como es posible pensar que todo significado está creado, si la misma progresión se vuelve infinita. Entonces ¿existe la creación? ¿todo se reduce a la combinación de elementos existentes? ¿eso es la creación después de todo?

miércoles, octubre 11, 2006

Homo-Ring Tong



El Sr. Godot se ha vuelto trivial.
Se increpa a sí mismo sobre los nuevos fenómenos de comunicación. ¿La masificación del celular ha vuelto al ser humano más estúpido o simplemente ha develado una estupidez relegada, totalmente innata, y la volvió pública?

Es decir, el celular motiva un índice de boludez mayor o simplemente expone un nivel de boludez que antes estaba destinado al ámbito privado y por eso no lo percibíamos.


Para muestra basta un botón

Aquel imberbe, a veces no sólo son los pubers también los hay canosos, que prueba todos los ring tones que trae su celular y los que adquirió últimamente en el transporte público mientras el resto de los usuarios intentan dormir o leer.

Aquel sordo que grita en su teléfono como si su voz literalmente tendría que alcanzar a la otra persona con la cual intenta comunicarse olvidando que para ese fin está sosteniendo esa diminuta cajita rectangular de plástico. Sin mencionar, que generalmente, estas conversaciones son aburridas e insípidas, porque si de última se tratara de algún plan conspirativo contra las grandes corporaciones, vaya y pase.

miércoles, octubre 04, 2006

La pregunta es hasta cuándo












Lamentablemente no podemos decir que nos sorprende, porque ya no sorprende a nadie. Pero es evidente que ahora que -por las razones que sean- un gobierno se propone enjuiciar realmente y repudiar públicamente a los dictadores del genocidio perpetrado por los militares de 1976, empiezan a organizarse y a proliferar las agrupaciones que intentan promover "la verdadera historia". Un claro ejemplo de ello es la Agrupación Memoria Completa, que se siente seguramente complacida de haber publicado una bonita esquela donde el señor Bignone se encarga de arengar a los jóvenes para que "terminen" lo que él y otros habían iniciado.
La "guerra", los "terroristas", los "subversivos", deben ser derrotados por los "mártires", los que aman a la Patria (así, con mayúscula). Los militares fascistas. Porque es bien claro que "salvar a la Patria" supone la matanza de "la subversión", que es precisamente lo que apoyan movimientos como Memoria Completa. Lo más triste de todo esto no es la existencia de sujetos que piensan con una fuerza de convicción inquebrantable que los desaparecidos son una falacia, sino que quienes organizan y movilizan y hacen circular este tipo de pensamiento no son militares retirados, sino jóvenes de no más de 35 años, que ni siquiera pudieron vivir en carne propia aquello que defienden fervientemente. O sea: se formaron intelectualmente con individuos detestables que apoyan la dictadura. El ejemplo más patético es el del abogado Nicolás Márquez, que vendió más de 100.000 ejemplares en 10 ediciones de su tremendo manifiesto a favor del genocidio, La otra parte de la verdad.
Qué nos queda entonces? Seguir construyendo desde los lugares que nos correspondan, para combatir todo tipo de pensamientos destructivos. También es parte nuestra movilizar la reflexión.

viernes, septiembre 29, 2006

Una solucion a nuestros problemas




Todo empezó por alguna discusión sobre el potencial efecto de los best seller tipo Bucay. Pareciera que hay una nueva oleada de lectores que le dedidcan todas sus horas de viaje y tiempo libre a la lectura de libros sin contenido y mal escritos, con soluciones “prácticas y universales” a problemas particulares que necesitan resoluciones particulares nacidas del propio trabajo de quien las padece. La pregunta es, existe algún beneficio en la lectura de este tipo de literatura?

De esa interrogante se pasó a la interrogante sobre la necesidad de leer, realmente un individuo es una mejor versión de sí mismo cuando se instruye?

Algunos afirman que es un buen comienzo para aquellos que no están acostumbrados al hábito de leer. Con el tiempo, casi a modo de evolución natural pasarán de esos libros a otros más potables hasta llegar a la dialéctica del iluminismo, poco más, poco menos.

Ejemplo a favor:
Aquellos que empezaron a leer historia con el libro de Lanata “Argentinos” y luego se pasaron a estudios más serios y no tan parcializados

Ejemplo en contra:
No conocimos a nadie que hizo el traspaso de Bucay hacia algún libro decente.

La mayoría cree que nadie pasa de Bucay a un escritor un poco más interesante y elaborado.

Opinad!

miércoles, septiembre 20, 2006

Número 11 de la Revista cultural Esperando a Godot

Salió el nuevo número de Godot, como siempre en los puestos de venta habituales que pueden ser consultados en la página www.godot.323.com.ar



Índice

Todo arte es político
Por Gustavo Varela

Pobreza y hambre
Ismael Viñas

“Lo que hice fue un acto subversivo”
Sobre Helmut Ditsch

Por Romina Sánchez

La trampa posmoderna
Por Juan Dukuen

Entrevista a Santiago Kovadloff
Por Federico Von Baumbach

El deseo postergado
en Esperando a Godot

Por Víctor Malumián

Entrevista a César Bandín Ron
Por Ariel Fleischer y Ariel Gangi

Los peligros del cientificismo
en las ciencias sociales

Por Hernán López Winne

Carlos Correa póstumo:
Un trabajo en San Roque

Por Gabriela D´Odorico

Los orígenes de la gaseosa:
Vino y Coca

Por Esteban Magnani

domingo, junio 04, 2006

Despolitizar la política: notas sobre el desprecio político y el sentido común

Por Ariel Fleischer

Un nuevo fenómeno surgido al calor de las políticas neoliberales de los últimos treinta años, y que adopta características tan particulares para el caso argentino, como la despolitización es uno de los principales problemas que se plantean para entender a nuestra sociedad, hoy auto-regulada por el miedo. A la luz de esta idea surge más nítido el proceso histórico de los últimos años: una dictadura militar que corta lazos con el estado de bienestar e impone una política económica a través del terrorismo estatal y el genocidio; un mercado que alecciona a sus consumidores por medio del terror inflacionario; una política que transfigura el orden económico profundizando la liberalización de la mercancía y adoctrinando a sus consumidores; una resocialización educadora que, primero a través de los medios masivos de comunicación y luego con la incorporación de la tecnología como mercancía en sí misma, somete los discursos políticos al mercado.

Todas estas operaciones responden a una articulación ideológica determinada que demoniza lo político como la instancia de la inacción. Resulta harto vistoso escuchar que "los políticos son corruptos", que "el gasto político es altísimo" o aquel argumento electoralista del candidato que "roba pero hace". Estas frases no son mas que espectros de una trama simplificada en ese "saber popular" cotidiano o en el sentido común, la peor piedra de choque para la inteligencia.

¿Qué se esconde en estos slogans que publicitan la acción política como emblema de incapacidad y de corrupción?, ¿no es posible pensar que existe una intencionalidad manifiesta en tanto que los medios, como uno de los principales re/productores de discursos, sostienen esta división entre la política y la sociedad?

Pensar lo político hoy es repensar las causas de un desastre sin amparo mayor que el de la "no-representación". Este sitio fue ganado a partir de los años de la última dictadura militar, cuando lo político se convirtió en sospechoso. El imaginario social de la política como un lugar sucio e indeseable aún opera como antes y es reforzado día a día a través de los medios de comunicación: recuérdese, a modo de ejemplo, el coro de los noticieros repudiando la organización de las marchas piqueteras o bien la introducción del discurso que sostenía que las "asambleas populares" que sucedieron al levantamiento de diciembre de 2001 fueron "infiltradas por grupos políticos".

¿Porqué la organización genera en el poder el repudio y en cuanto un movimiento organizado se legitima ante la sociedad aparecen los instrumentos de hostigamiento con que cuenta la clase dominante?, ¿qué es eso que provoca lo que aquí denominaremos la cosquilla en el poder?

La organización supone el alcance de algún orden político. Y si la estrategia de la clase dominante es hacer de la política una mala palabra, desmovilizar cualquier instancia de lucha y cuestionamiento, hacer de todo compromiso de cambio una historia individual y sectaria, en nada favorece a su objetivo la unión orgánica de un reclamo. Ni hablar de una propuesta política que favorezca el cambio.

Una sociedad como la argentina, que se caracterizó por su alto nivel de instrucción y de politización, ha ido dando paso al descompromiso y a la renuncia no a toda posibilidad de lucha sino a alguna posibilidad de pensar en luchar. Esta disputa es ideológica: borrar todo espacio político de la sociedad es cercenar el control de la razón. Negando la instancia de representación, o el poder real, que detenta lo político se favorece la libertad económica. La desorganización política aporta un universo de individuos "en estado puro de consumo" y fragmenta la sociedad logrando neutralizar el conflicto social.

Una simple mirada sobre los principales partidos políticos -el peronista y el radical- sirve para dar cuenta de la curiosa despolitización que también se ejerce sobre el campo político: los partidos presentan autonomía a nivel nacional y dictan políticas regionales desunidas en el plano ideológico.

La impronta neoliberal impuso la descentralización de las políticas, no solo administrativas a nivel estatal, sino también partidarias haciendo que se fortalezcan actores políticos locales que aseguren su poder real a través de una fuerte redirección de recursos nacionales: véase para tales episodios, por ejemplo, los casos de las provincias feudales de Santiago del Estero, Catamarca y San Luis durante la década del menemato. Esto envolvió a los dos principales partidos en una serie de facciones en disputa por amplios intereses superpuestos, borrando la tradición política de los partidos de masas del siglo XX.

En cuanto a los partidos opositores éstos no logran configurar alternativas válidas de poder (no validadas por la sociedad) en una instancia "nacional" para encarar un proceso de reforma institucional de políticas públicas.

Una reforma del sistema político que permita abolir aquellas prácticas localistas y las presiones clientelares favorecerá el reordenamiento del espacio institucional y forjará los instrumentos para establecer una democracia mas participativa y formal.
Como hemos visto la despolitización opera en el plano de las instituciones y en las más rasas (sic) "creencias populares" del sentido común. Estas perspectivas reaccionarias que niegan el valor histórico, es decir construido socialmente, de lo político no obedecen mas que a desviar la atención central y los cuestionamientos básicos de que el hombre se asuma como un ser político capaz de cambiar su propia historia.


ARIEL FLEISCHER
REV. ESPERANDO A GODOT, Año II, N° 9 (2006)

Penalidad, delito y sociedad: la Penitenciaría Nacional entre 1907 y 1914











Por Ariel G. Fleischer

La función social de la pena

Si se pensara en la Penitenciaría Nacional, entre 1907 y 1914, como una gran clínica de rehabilitación no sería un desacierto, sino más bien la descripción objetiva del establecimiento. La doctrina aplicada entonces respondía a los ideales de la nueva ciencia criminológica: la pedagogía correccional u "ortopedia moral", que pretendía la transformación de la conciencia criminosa del delincuente para la readaptación a la vida social: "La penalidad inspirada en el solo propósito de castigar, ha hecho ya su época; hoy se impone como un deber de alto humanitarismo y porque la ciencia así lo aconseja, emprender una obra de regeneración moral, en su sentido más extenso. La sociedad se perjudica cuando en vez de mejorar al delincuente se limita a castigarlo" (1). La evolución del castigo del cuerpo al castigo de las conductas, extensamente estudiada por M. Foucault (2), obedece a las nociones de la "medicina psiquiátrica" como higiene pública: individualizar a los sujetos "peligrosos" de la sociedad para protegerla -de ahí la creación de enormes sistemas penitenciarios- y aplicar una terapéutica que reformará a estos sujetos.

Esta figuración del delito como un desfasaje de la actitud media de la sociedad, desconoce los parámetros indicadores de la pobreza: la sociedad argentina de entonces, si bien mantuvo una población inmigratoria pobre, manifestó los signos de benevolencia económica del modelo agroexportador: eran los años del Centenario en los que el país fue visto como una de las potencias del mundo, y los conflictos sociales que surgirían con la llegada de las clases obreras y subalternas a la escena política aún no habían tomado la magnitud que tendrían años más tarde (3). Entonces, el problema del delito no es analizado a través de una lente que demuestre la estructura marginal de la sociedad capitalista (o bien de un capitalismo en ciernes, para el caso argentino), sino como una simple desviación a la causa de la moralidad. La pena encuentra su justificación como una manera de defender la sociedad y debe ser reducida "a un tratamiento psíquico, inspirado en el propósito de colocar al recluido en condiciones tales, que pueda prescindir de los medios de excitación de los goces, formándose un hábito de moralidad en ese sentido; de acrecentar su capacidad productiva; de obligarlo a adaptarse a las condiciones de la vida social; en una palabra, de operar en su fisonomía moral una transformación que haga posible el ideal noble de reconciliarlo con la sociedad a la cual injurió con su crimen" (4).

A partir de este diagnóstico del delito, se adoptó un sistema penitenciario que procuró la "recuperación" de los delincuentes (5). Los métodos para llevar a cabo esta instancia fueron dictados en base a estudios científicos, psicológicos y criminológicos debidos, en su mayor parte, a José Ingenieros, fundador del Instituto de Criminología de la Penitenciaría Nacional (1906), la primera institución de estas características que -con carácter oficial- ha funcionado en todo el mundo.

El instituto se dedicó al análisis científico del delito y sus causas, del delincuente y sus modalidades con un marcado carácter positivista y a través de distintas áreas (6). En base a estas se montó la burocrática organización de la Penitenciaría Nacional entre 1906 y 1914.

La primera de las disposiciones que se requerían al ingresar un condenado en la Penitenciaría era la confección de un expediente realizado por el Director del penal. En las cárceles anteriores solamente se exigía el envío de la sentencia condenatoria del penado; el nuevo método fijó toda una serie de requisitos indispensables a confeccionar: antecedentes y datos del prontuario criminal (el delito por el que estaba condenado y todas las actuaciones delictuosas, si las hubiera: arrestos, procesos, reincidencias, etc.), datos personales (nombres, filiación, alias, nacionalidad, estado civil, profesión, grado de instrucción, etc.), datos físicos (descripciones, señas particulares y otros) y hasta seis fotografías. Todo este conjunto de información servía para trazar un perfil de la "fisonomía moral del delincuente", que permitía individualizar al condenado tanto como fuera posible y, a partir de ello, establecer una clasificación psicopatológica.

El ritmo de vida en la Penitenciaría obedecía a una rutina hábilmente diseñada. La mayor cantidad del tiempo de los presos era dedicada al trabajo, visto como un agente de "terapéutica moral". En lo fundamental se esgrimían dos razones para atribuir esta acción "curativa": primero, porque el trabajo brinda los rigores de la disciplina -base de la obediencia y primer principio de adaptación- que conlleva a su adopción (7); segundo, porque se presenta como la herramienta con que contará el penado una vez que se encuentre rehabilitado para su reinserción social.

El aspecto laboral tenía también una contrapartida pecuniaria para el recluido: "el trabajo en las prisiones tiene (...) por principal propósito la enmienda del detenido, y para lograr ese resultado, es necesario que sea llevado a cabo con amor, lo que es imposible, si al trabajador no se le otorga la recompensa respectiva, si no se excita su celo con la esperanza de aquella recompensa" (8).

El penado recibía en contraprestación por su trabajo una parte de su salario, destinándose el resto a satisfacer las responsabilidades civiles inherentes al delito -si las hubiera- y a costear su manutención en la cárcel. Salvadas las primeras, el salario era remitido en 2/3 a la familia del condenado, y el resto pasaba a integrar un fondo que se entregaba el día que su condena se extinguía. De no tener familia el condenado, el salario se dividía en partes iguales entre el Estado -las reparaciones de la condena, de haberlas, y los gastos carcelarios- y el fondo antes mencionado.

La Penitenciaría Nacional contaba con una variada oferta laboral que cubría la demanda del penal así como también encargos especiales. El establecimiento llegó a contar con talleres de zapatería, colchonería, talabartería, sastrería, carpintería, herrería, electricidad, mecánica, fundición, hojalatería, plomería, albañilería, escobería, panadería, fidelería y peluquería. Mención especial merecen los talleres de litografía, fotograbado, fotografía, encuadernación e imprenta que con su producción llegaron a cubrir importantes sectores de demanda del Estado Nacional: "El cuidado con que se confeccionó cada volante, folleto o boletín produjo artículos cuya calidad cubrió los estándares más exigentes del mercado. Esta particular excelencia acreditó al sector como proveedor de la mayor parte de los diplomas entregados por los organismos oficiales. Tanto la Cámara de Diputados y la de Senadores, como las universidades y la Cancillería optaron por los papeles impresos dentro de la Penitenciaría" (9). Incluso, debido al reconocimiento del trabajo de edición y a la calidad de las publicaciones producidas, en 1878 la Imprenta de la Penitenciaría contó con un stand en la Exposición Internacional y Universal de París, en donde se expusieron sus publicaciones.

El rendimiento del trabajo en los talleres penitenciarios alcanzaba para costear el presupuesto de la cárcel. Durante el año 1913, las obras ejecutadas en los talleres ascendieron a la suma de 1.422.261 pesos moneda nacional, dejando para el Estado un beneficio de 605.262 pesos, aproximadamente el 42,5 % de la producción.

Otro aspecto desarrollado para lograr la reinserción de los presos en la vida social era el de la educación: "La instrucción es el segundo elemento de la acción penitenciaria reformadora. Instrucción educativa, se entiende, y desarrollada de acuerdo con la especial condición de los educandos" (10). Para llevar a cabo la re-educación de los penados la Penitenciaría contaba con una Escuela que funcionaba todos los días hábiles del año, con excepción del mes de enero, de seis de la tarde a ocho de la noche. El programa de estudio, vigente desde el 1 de marzo de 1906, se desarrollaba en cuatro grados y comprendía las siguientes materias: primer grupo: lectura y escritura, idioma nacional, moral e historia; segundo grupo: aritmética, geografía, ciencias físicas y naturales; tercer grupo: caligrafía, dibujo artístico e industrial, jardinería u horticultura y escritura de máquina. Incluso la escuela de la Penitenciaría supo adquirir "nuevas tecnologías" para su servicio educacional: "Un factor educativo, empleado con positivas ventajas, es el cinematógrafo, con cintas apropiadas a la condición de los espectadores. Los efectos benéficos, inmediatos y mediatos, de este gran recurso educativo -dice el Director de la Escuela- son evidentes y se notan ellos en los presos, en todas las dependencias del establecimiento" (11). La Penitenciaría también contó, como complemento de la Escuela, con una Biblioteca formada por 2980 volúmenes, una Escuela de Jardinería y Horticultura y la Banda de Música, creada a partir de la consideración del "gran poder educador del arte musical y dando a éste la importancia que dentro del conjunto de los recursos de regeneración tiene", que ejecutaba conciertos durante las tardes de los días festivos.

El trabajo y la instrucción buscaban infundir en los presos no solo conocimientos sino también disciplina. Para observar y complementar esta acción, se formó un Tribunal de Conducta que otorgaba ciertas ventajas, o privaciones, que los reglamentos de la Penitenciaría permitían, como mantener encendida la luz en la celda durante una hora más, el uso del bigote y hasta "la sensible disminución de tiempo de la condena, que el Poder Ejecutivo, en uso de facultades constitucionales, puede hacer" (12). El Tribunal estaba constituido por el Subdirector de la Cárcel, que lo presidía, el Director de la Escuela y el Jefe de la Sección Penal, como vocales, y se reunía cada tres meses para hacer el seguimiento de la conducta y el progreso o retroceso del penado en las áreas del taller, pabellón y escuela. En base a las evaluaciones se clasificaba la conducta, que era anotada en una libreta personal que llevaba cada recluido.

También funcionó en la Penitenciaría Nacional un "Patronato de Presos", encargado de gestionar trabajo para los reclusos cuya liberación estaba próxima, de acuerdo con los conocimientos adquiridos en los Talleres y en las Escuelas. Independientemente de esta sección, la Dirección del penal se encargaba de hacer las diligencias necesarias para encontrarles trabajo a los condenados que lo solicitasen. Según estadísticas, de los 113 penados que egresaron de la Penitenciaría en 1913, 60 fueron colocados por el Patronato, 29 no requirieron sus servicios y 24 salieron de la Capital Federal.

Este modelo carcelario fue efectivo durante los años descriptos ya que entonces los niveles de conflictividad social podían ser controlados por las clases dirigentes, siendo canalizados a través del sistema penitenciario. Pero con el avance de nuevas formas políticas asociadas a los movimientos anarquistas, sindicalistas y comunistas, y a los partidos radical y socialista, surgidas al calor del tenue desarrollo industrial capitalista de aquellos años, traerán a la escena política las cruentas luchas de los sectores subalternos y con ello las viejas instancias de represión del delito y la protesta social que conoce la historia del hombre: el palo y el garrote.


ARIEL FLEISCHER
REV. ESPERANDO A GODOT, Año I, N° 4, (mayo-junio 2005).


Notas:

(1). En Gómez, Eusebio (Dr.): Estudios penitenciarios. Bs. Aires, Tall. Gráf. de la Penitenciaría Nacional, 1906. Subrayado en el original. Si bien el comentario es pertinente, resulta interesante advertir que más tarde el mismo E. Gómez aplicaría sus ideas positivistas en criminología a la persecución política de militantes anarquistas. Sería provechoso estudiar detalladamente en otro trabajo la relación entre penalidad, legislación y protestas sociales en la Argentina de las primeras décadas del siglo XX.
(2). Foucault, Michel: Vigilar y Castigar. Nacimiento de la prisión. Bs. Aires, Siglo Veintiuno Editores Argentina, 2003.
(3). Recuérdese, por ejemplo, la "Semana Trágica" (1919), los fusilamientos de la Patagonia (1921).
(4). En Gómez (1906). Op. cit.
(5). Hacemos hincapié en esclarecer que durante los años tratados en este trabajo (1907-1914) ciertamente se aplicaron las reglas que describiremos en seguida. Con posterioridad se han producido situaciones totalmente irregulares: fusilamientos (Di Giovanni, Scarfó, Juan José Valle), torturas, apremios ilegales, vejaciones, arrestos injustos, etc. que tuvieron por escenario a la Penitenciaría Nacional.
(6). El Instituto estaba dividido en tres secciones: a) Etiología criminal: investigaciones de mesología criminal (sociología criminal y meteorología criminal) y antropología criminal (psicología y morfología) y estudios concurrentes a la determinación de las causas del delito; b) Clínica criminológica: estudio de las diversas formas en que la criminalidad se manifiesta; área que establece el grado de inadaptabilidad y temibilidad social del delincuente, y c) Terapéutica criminal: estudio de las medidas de profilaxis y represión de la criminalidad para reformas penales y penitenciarias.
(7). Cada preso era destinado a un trabajo en especial, según el estudio de su expediente, determinado por sus capacidades intelectuales y físicas. Es interesante destacar esto ya que la idea de trabajo asociada a la del encarcelamiento y la prisión sugiere, a veces, la de explotación que -como se verá- no es aplicable a este caso, al menos en los términos tradicionales.
(8). En Gómez (1906). Op. cit.
(9). En Gallo, Edit Rosalía: Imprenta de la Penitenciaría Nacional 1877-1961. Bs. Aires, Peña del Libro "Trenti Rocamora" (Col. Folletos, nro. 40), 2004.
(10). En Gómez, Eusebio (Dr.): Memoria descriptiva de la Penitenciaría Nacional de Buenos Aires. Bs. Aires, Tall. Gráf. de la Penitenciaría Nacional, 1914. Trabajo presentado al Congreso Penitenciario Nacional.
(11). Ibídem.
(12). Ibídem.

El cuerpo del otro a través de la obra de Joel Peter Witkin




Joel Peter Witkin: Portrait of a dwarf (1987)







Por Ariel Fleischer.

“Voy hacia lo que menos conocí en mi vida: voy hacia mi cuerpo” Héctor Viel Temperley



La frase resuena inquietante al oído de cualquiera pero excluyente en cuanto a cierto criterio de verdad: voy hacia lo que menos conocí en mi mida: voy hacia mi cuerpo, escribe el poeta, no sin pena por el tiempo en que desconoció su cuerpo pero con la convicción de la nueva exploración emprendida: va en su búsqueda, tras ese objeto de pasión y de odio donde se escribe la historia de la civilización humana.

El devenir de la vida de un hombre es el de esa materialidad que llamamos cuerpo donde es posible leer tanto los deseos y pasiones como la violencia y la opresión; con el cuerpo atravesamos las dos instancias decisivas: con él se inicia la vida, con él se aveza a la muerte. El cuerpo es el elemento central de la existencia de todo ser vivo: conocemos debido al cuerpo, nos relacionamos a través de él, nos reproducimos por su medio. Objeto de tal importancia para el hombre, y debido a ella, el cuerpo ha sido tantas veces admirado como demonizado, construido como reformado.

Dar cuenta de las modificaciones históricas de nuestro cuerpo es esbozar una complejísima trama de situaciones y factores que escapan a estas notas. Sin embargo, siguiendo las teorizaciones de H. Marcuse, (1) podemos afirmar que el cuerpo ha sido desplazado en la cultura afirmativa (2) hacia la sola instancia de la auto-conservación y la reproducción sexual.

El cuerpo del hombre está condenado al trabajo (este solo le vasta —y cada vez menos— para la instancia de la supervivencia) mediante mecanismos de explotación económica que bajo la fachada de una cultura falsa encubren el dominio y la irracionalidad. Esa falsa cultura sostiene la existencia de una entidad no corpórea, por ello más allá de la materialidad, el “alma”, a la que se debe educar y engrandecer. En oposición a ésta se presenta al cuerpo, que debe someter sus sentidos al dominio del “alma”. Esta construcción histórica del ente “alma” legitima el dominio del capitalismo.(3).

La vida sexual del hombre, según las reglas de la moralidad burguesa, solo debe limitarse a las funciones de reproducción: el placer le está vedado porque la energía de la líbido debe ser conducida hacia el proceso productivo para asegurar la plusvalía; al decir de M. Horkheimer y T. W. Adorno “la condena de la carne por parte del poder no era más que el reflejo ideológico de la opresión” (4). Si el placer será reprimido, la reproducción sexual será “liberada” ya que establece la continuidad del sistema.

Estos controles y disciplinas que se ejercen sobre el cuerpo están en constante tensión respecto a los valores del hombre como ser animal: el cuerpo aún es deseado como lo prohibido porque en él descansa la sexualidad y “el sexo es el cuerpo no reducido”.(5).

Fruto de este proceso histórico de la razón instrumental —razón para los medios y no para los fines— el cuerpo del hombre ya no le pertenece, es cuerpo de la industria. Está sometido al proceso productivo y, también, a la “industria cultural” que hace del ocio otra fuente de explotación. El individuo se encuentra limitado a su cuerpo orgánico y en esa soledad existencial, en forma vulnerable, enfrenta al mercado laboral con la nítida y real sensación de enfrentarse con su cuerpo a un gigante, demostrándose a sí mismo que entre su persona y su cuerpo hay un abismo.

Ese y otros abismos como el mencionado son manifiestos en nuestra actualidad a través de la publicidad y el consumo. La serie de valores e ideales representativos de la clase dominante se presentan como los de toda la comunidad. Allí aparecen los modelos sociales que no son más que la reproducción del discurso del poder. El cuerpo, que ya ha sido convertido en funcional al trabajo, pasa también por una instancia de identificación con aquellos ideales: se lo buscará cambiar estéticamente poniéndolo al tono de la moda, se lo renovará en su alimentación, en su musculatura e incluso, mediante los nuevos alcances tecnológicos, será objeto de intervenciones quirúrgicas. Todo aquel que no se adecúe a la mimesis será ignorado, excluido, refractado, marginado. Éste es el sector de los desplazados: aquellos individuos que van desde los pobres y locos hasta los mutilados, tullidos y deformes.

La fotografía de Joel Peter Witkin (6) se nutre como fuente principal de éstos individuos, de los cuerpos ajenos a la institucionalidad. Su polémica obra aborda el cuerpo del otro, pero del distinto, del relegado. Así es como sus modelos se reclutan entre jorobados, hermafroditas, enanos, obesos, mutilados y cadáveres. Su búsqueda está orientada a demostrar lo que somos, lo que podríamos haber sido o podemos ser (mutilados, tullidos, etc.) y lo que vamos a ser (cadáveres), poniendo el acento en lo efímero del hombre.

Su obra Portrait of a dwarf [Retrato enano, 1987] es reflejo de toda su producción. La mujer enana y obesa, en ropa interior y antifaz, compone la escena junto a un busto sin rostro y un caballo diseccionado; todos dispuestos sobre un manto blanco que sirve de fondo y de alfombra. A la derecha, digamos que en el mundo de lo “normal”, se ven las piernas de otra persona que, seguramente, observa la escena menor de la fotografía. En la imagen todo permanece en un estado de relativa quietud y calma inquietante. El montaje no es descuidado: remite a ciertos climas de Goya, Velásquez y el Bosco. La iluminación oscura, con algunos contrastes sobre la modelo, hace que los elementos integrantes sean claros, pero el contexto no. Este aspecto luego se ve amplificado técnicamente a través del rayado de la placa en el laboratorio, su impresión en papel de seda, su pigmentación a mano, el tratamiento con químicos, la aplicación de cera caliente y el pulido, que tornan la fotografía con aires de daguerrotipo. Todas estas variables se repiten en otras fotografías del autor: máscaras, ropa interior, animales, disecciones, oscuridad, sexo, violencia.

Es interesante destacar a los efectos de este trabajo el lugar que ocupa la belleza. Witkin reivindica el valor del cuerpo socialmente considerado como “feo”, lo incorpora a la sociedad con una nueva carga de be-lleza: lo sexual. Construye a partir de la ubicación de los modelos, de sus vestimentas, de los climas y poses una figura que invita a una sexualidad pero, ciertamente, vedada con un halo de misterio. De modo que belleza y sexualidad van unidas, tal como sostenía S. Freud.(7).

Las composiciones fotográficas de Witkin —más allá de la intención con que produzca su obra— facilitan el acceso a la comprensión de los otros desde una nueva mirada ya que escarban prejuicios y los desarticulan a través del proceso subjetivo-objetivo de la percepción: Witkin nos recuerda que estas personas existen y son tan dignas como las demás. Tal vez podríamos decir que esos cuerpos de modelos que utiliza son “auráticos” en tanto que son “la manifestación de una lejanía”, porque son cuerpos ajenos a la “realidad” (no están en su superficie), son invisibles porque no se quieren ver, son negados; pero a través de la fotografía de Witkin cobran protagonismo nuevamente, se los reivindica.

Tal vez la obra de Witkin sea identificable, en alguna medida, con estas palabras de Marcuse: “...Las clases desmoralizadas que conservan formas semimedievales y que han sido desplazadas a las capas más inferiores de la sociedad, constituyen, en este caso, un recuerdo premonitorio. Allí cuando el cuerpo se convierte en una cosa, en una cosa bella, puede presumirse una nueva felicidad. En el caso extremo de la cosificación, el hombre triunfa sobre aquella. El arte del cuerpo bello tal como hoy puede mostrarse solo en el circo, en los varietés y en las revistas, esta frivolidad desprejuiciada y lúdica, anuncia la alegría por la liberación del ideal, a la que el hombre puede llegar cuando la humanidad, convertida verdaderamente en sujeto domine la materia. Solo cuando se suprima la vinculación con el ideal afirmativo, cuando se goce de una existencia sabia, sin racionalización alguna y sin el menor sentimiento puritano de culpa, es decir, cuando se libere a los sentidos de su atadura al alma surgirá el primer brillo de otra cultura...”. (8)



ARIEL FLEISCHER.
REV. ESPERANDO A GODOT, N°1, febrero, 2005).



Notas:

(1). “Acerca del carácter afirmativo de la cultura”. En H. Marcuse: Cultura y Sociedad. Bs. Aires, Editorial Sur (Col. de Estudios Alemanes), 1970. Quinta edición. Versión castellana de E. Bulygin y E. Garzón Valdés.
(2). Entiéndase ésta como aquélla de la época burguesa que ha conducido a la separación del mundo anímico-espiritual por sobre los demás valores de la civilización.
(3). Sostiene Marcuse que “las alegrías del alma son menos costosas que las del cuerpo”. En “Acerca del carácter afirmativo de la cultura”. En Cultura y Sociedad.
(4). “Interés por el cuerpo”. En T. A. Adorno; M. Horkheimer: Dialéctica del Iluminismo. Bs. Aires, Editorial Sur (Col. Estudios Alemanes), 1969. Versión castellana de Héctor A. Murena.
(5). Ibídem.
(6). Witkin nació en EEUU en 1939. Su fotografía toca temas grotescos y degradantes. Muestra cadáveres reales destrozados, situaciones incomodas, sadomasoquistas, hermafroditas y demás. En 1967 decidió trabajar como fotógrafo independiente y actuó como fotógrafo oficial de City Walls Inc. de Nueva York. Posteriormente realizó estudios en la cooper School of fine Arts, de N.Y., donde obtuvo en 1974 el título de Bachelor of Arts. Después de haber obtenido una beca de poesía en la Columbia University, finalizó sus estudios en la Universidad de Nuevo Mexico, con el título Master of Fine Arts. Witkin alborotó la opinión pública en los años ochenta, con fotografías de personas deformes y partes de cadáveres. Desde una posición marginal, ha logrado con los años establecerse en el mundo del arte reconocido.
(7). “...Me parece evidente que el concepto de lo bello hinca sus raíces en el terreno de la excitación sexual y designa originalmente lo que es sexualmente estimulante”. En S. Freud: Tres ensayos sobre la teoría sexual. Bs. Aires, Editorial Paidós (Col. Pensamiento Contemporáneo), 1972.
(8). “Acerca del carácter afirmativo de cultura”.